A tata le llegó la vejez a los 98 años de edad, cuando empezó a depender totalmente de los demás. Sólo en esos momentos empecé a percibirla frágil y vulnerable. Como a una pequeña niña desvalida que de forma silenciosa suplica “no me dejes”.
La fuerza de su carácter dio paso a una Tata sencilla y humilde, que aprende a pedir favores y a dar gracias por ellos. Que le ora al Sagrado Corazón de Jesús para pedirle “unos diítas más de vida”. Y es que Tata amaba la vida con todas sus fuerzas, con todo su empeño, con toda su pasión.
Aprendió a disfrutar de su vejez. Mantenía un optimismo permanente, una actitud siempre dispuesta. Jamás descuidó su arreglo personal; no hubo un día que Tata dijera “hoy no me voy a bañar”, “hoy tengo pereza”. Se constituye en un ejemplo de constancia, de orden, de disciplina para muchos de los más jóvenes.
Siempre fue generosa en sus acciones. No había Navidad, ni cumpleaños que Tata no llegara con obsequios para todos. Pero de todos los obsequios, el que con más cariño recuerdo, era la ansiedad de la llegada de Tata cuando iba al Centro. Fijo, fijo, nos traía las bolsitas de pan de yuca que sólo se comen en Barranquilla. En ninguna otra ciudad de Colombia.
Ayer, vi una foto de Facebook que no conocía. Estaba Tata, con Julián, el hijo de Javier y Ludmila. La sentí viva. El rostro dulce de la viejita que nos regaló el placer de su compañía, de su cariño. Que nos permitió conocer la transformación del carácter humano. Ese carácter en bruto que debemos ir puliendo con el paso del tiempo, que debemos ir perfeccionándolo hasta convertirlo en oro, en diamante, en zafiros…
Gracias Tata por el regalo que nos diste. Gracias por recordarnos que lo esencial en la vida no es la belleza ni la juventud ni el orgullo. Gracias por recordarnos lo frágiles que somos, pero lo grandes que podemos llegar a ser en medio de la humildad y la sencillez de lo único vital en la vida: los afectos.
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