lunes, 14 de diciembre de 2009

LA HISTORIA DE MARIETA

María Antonieta Crissién Samper de Vergara
alias "Marieta"


¿Dónde encontraría mi sobrina esas antigüedades? No recuerdo haberlas visto antes, pero han servido de pretexto para remontarme a un tiempo muy importante de mi niñez y adolescencia, donde me sentía feliz con mi familia, mis padres y hermanos que siempre he adorado y respetado.

La foto de la plaza de San Nicolás me traslada al tiempo cuando Pepe (José Eduardo Crissién Márceles, mi padre) nos llevaba a Puerto Colombia; allí en San Nicolás quedaba la estación del bus; también habían carritos donde vendían helados, frutas y muchas chucherías que algunas veces comprábamos para llevar a la familia. ¡Qué tiempos aquellos! Además en esa plaza ponían una feria de juguetes en el mes de diciembre, donde Pepe nos llevaba a ver todas las cosas que había; y, en más de una ocasión, exponía él también los ingeniosos juguetes que hacía con sus propias manos.

En la otra foto recuerdo cuando íbamos de compras al Centro, donde se podía caminar libremente y mirar los almacenes que exponían sus mercancías; creo que es la segunda foto donde íbamos pasando por un almacén que ahora no recuerdo el nombre que estaba en la calle San Blas Progreso antes de una zapatería llamada Faitala; ese era un almacén donde nosotros no entrábamos porque era caro. En frente de la plaza había una sastrería que se llamaba la Casa Vargas, y si mal no recuerdo ahí fue donde mi hermana Gladys le compró a mi hermano Tito su primer saco; eran tiempos donde todos teníamos una unión familiar muy fuerte abanderada siempre por nuestro padre Pepe.


Los hermanitos Crissién Samper: Tito, Gladys y Marieta

jueves, 3 de diciembre de 2009

Nuestras raíces


A Tata le llegó la vejez a los 98 años de edad

A tata le llegó la vejez a los 98 años de edad, cuando empezó a depender totalmente de los demás. Sólo en esos momentos empecé a percibirla frágil y vulnerable. Como a una pequeña niña desvalida que de forma silenciosa suplica “no me dejes”.

La fuerza de su carácter dio paso a una Tata sencilla y humilde, que aprende a pedir favores y a dar gracias por ellos. Que le ora al Sagrado Corazón de Jesús para pedirle “unos diítas más de vida”. Y es que Tata amaba la vida con todas sus fuerzas, con todo su empeño, con toda su pasión.

Aprendió a disfrutar de su vejez. Mantenía un optimismo permanente, una actitud siempre dispuesta. Jamás descuidó su arreglo personal; no hubo un día que Tata dijera “hoy no me voy a bañar”, “hoy tengo pereza”. Se constituye en un ejemplo de constancia, de orden, de disciplina para muchos de los más jóvenes.

Siempre fue generosa en sus acciones. No había Navidad, ni cumpleaños que Tata no llegara con obsequios para todos. Pero de todos los obsequios, el que con más cariño recuerdo, era la ansiedad de la llegada de Tata cuando iba al Centro. Fijo, fijo, nos traía las bolsitas de pan de yuca que sólo se comen en Barranquilla. En ninguna otra ciudad de Colombia.

Ayer, vi una foto de Facebook que no conocía. Estaba Tata, con Julián, el hijo de Javier y Ludmila. La sentí viva. El rostro dulce de la viejita que nos regaló el placer de su compañía, de su cariño. Que nos permitió conocer la transformación del carácter humano. Ese carácter en bruto que debemos ir puliendo con el paso del tiempo, que debemos ir perfeccionándolo hasta convertirlo en oro, en diamante, en zafiros…

Gracias Tata por el regalo que nos diste. Gracias por recordarnos que lo esencial en la vida no es la belleza ni la juventud ni el orgullo. Gracias por recordarnos lo frágiles que somos, pero lo grandes que podemos llegar a ser en medio de la humildad y la sencillez de lo único vital en la vida: los afectos.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Tata y su primogénita


El Centro de la Familia

A tata le llegó la vejez a los 98 años de edad, cuando empezó a depender de los demás porque su vista se le nubló totalmente. Sólo en esos momentos empecé a percibir a mi abuela como a una anciana, a sentirla desvalida y triste, consciente de que había sufrido una gran pérdida. El recuerdo de su independencia, dinamismo, y gran poder de decisión, pasaron a ser parte de la historia, de una memoria que solo perdura en los que la conocimos, amamos y sufrimos.

De hecho, la referencia más certera que yo tengo del Centro Histórico de Barranquilla, proviene a través de los relatos de Tata. Para mí el Centro no alcanzó a ser una vivencia personal, por lo menos no desde el recuerdo consciente. Estuvo mediado a través de la experiencia de “los viejos”: Gladys, Tata, Marieta.

Uno de los recuerdos más fuertes de mi niñez radicaba precisamente en la ansiedad de la espera a que llegara Tata del “Centro”. Su llegada significaba para sus nietos, el arribo de golosinas que disfrutábamos con alegría. Una de mis preferidas era el famoso “pan de yuca”, que solo se veía en Barranquilla, porque en el interior el mismo nombre corresponde a una figura distinta. Mi preferido era el de aquí.

También recuerdo las rabietas que cogía mi tío Ernesto (q.e.p.d.), el hijo menor de Tata, porque ella insistía en transportarse en bus para bajar al Centro, a pesar de que recibía suficiente dinero para hacerlo en taxi. Pero Tata era Tata, por ello, contra viento y marea continuó transportándose en bus hasta los 80 años de edad, es decir, hasta que se sintió segura de sus capacidades físicas.

El año pasado alcanzamos a celebrar los 100 años de Tata, hubo de todo: misa, mariachis, discursos, conjunto vallenato, wisky. Pero sobretodo, hubo un momento para “el encuentro con los afectos”.

El pasado 3 de Noviembre, el “centro de la familia”, Tata, falleció, a sus 101 años de edad. Hoy, nuestro “centro” pasa a manos de su hija mayor y madre mía, Gladys Cecilia Crissién Samper.